San Buenaventura representa a la escuela franciscana que, inspirándose en San Agustín, se opone al aristotelismo de los Dominicos, y sostiene que la filosofía y la razón no se encuentran en la base de la teología ni en la culminación del conocimiento de la divinidad, pero sí en el camino que conduce el alma hacia Dios.
Estudió filosofía y teología en París y, habiendo
obtenido el grado de maestro, enseñó esas disciplinas a sus compañeros de la
Orden Franciscana. Fue elegido ministro general de su orden.
Fue cardenal obispo de la diócesis de Albano, y murió en
Lyon el año 1274. Escribió numerosas obras filosóficas y teológicas. Conocido
como el «Doctor Seráfico» por sus escritos encendidos de fe y amor a
Jesucristo.
El pensamiento franciscano afirma la excelencia del conocimiento intuitivo de Dios y de la iluminación divina; reconoce el ascenso del hombre hacia Dios, entendido como itinerario de la mente; reducción de todas las ciencias y artes al valor de símbolos de la realidad sagrada; primacía del amor a través de la voluntad frente al conocimiento y el intelecto. El objetivo de San Buenaventura era poner de manifiesto el amor de Dios como meta final.
Su pensamiento fue la culminación del agustinismo
asimilado por los franciscanos. La filosofía es definida como conocimiento
cierto de la verdad en cuanto objeto de investigación, la teología es conocimiento
piadoso de la verdad en cuanto es creída. El verdadero punto de partida es la
fe. La filosofía es camino para la teología y la mística. Sin el conocimiento
del ser por sí, no se puede conocer plenamente la definición de ninguna
substancia particular. El ser simple es el ser absolutamente perfecto.
El ser, este es el nombre más perfecto de Dios, porque todo lo que es de Dios está comprendido en este nombre: “soy el que soy”. Manifestación de la suma perfección, de Dios son los atributos del Bien y el Amor. Defiende la teoría del ejemplarismo: las cosas están en Dios como ideas ejemplares, pero las ideas son distintas de las cosas. Para Dios, la semejanza produce la cosa, mientras que para el hombre la semejanza deriva de la cosa. Las cosas, al ser copias de las ideas, son sombras. La materia se aplica tanto a una forma espiritual como corpórea.
Los principios de las ideas solo se
alcanzan desde las ideas eternas que están en la mente divina y que el hombre
recibe por iluminación de su intelecto. Toda creatura lleva en sí la huella de
una idea divina. El hombre, creatura dotada de intelecto, es imagen de Dios:
estos dos grados han de ser sobrepasados para alcanzar la realidad eterna, las
ideas divinas. Mundo externo, alma y Dios son los tres soportes del itinerario
y el amor, resultado de la voluntad.

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